Sufrir una enfermedad o accidente que te impide volver a trabajar es una situación vital muy dura. A la preocupación por tu salud se suma la incertidumbre económica: ¿cómo voy a mantenerme si mi cuerpo ya no me permite ejercer mi profesión?

El sistema público contempla la pensión por Incapacidad Permanente, pero conseguir que el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) la reconozca no es un camino fácil. En Miranda Cano Abogado, especialistas en Derecho Laboral en Las Palmas de Gran Canaria, te explicamos cómo funciona este proceso y por qué rendirse ante un primer “no” es el mayor error que puedes cometer.

¿Qué grados de Incapacidad Permanente existen?

No todas las incapacidades son iguales. El INSS evalúa cómo afectan tus lesiones a tu capacidad de trabajar y otorga un grado específico. Conocerlos es el primer paso para saber qué estamos reclamando:

Gran Invalidez: Es el grado máximo. Además de no poder trabajar en nada, necesitas la asistencia de otra persona para los actos más esenciales de la vida diaria (vestirse, comer, desplazarse). Conlleva un complemento económico adicional.

Incapacidad Permanente Parcial: Tienes una disminución no inferior al 33% en el rendimiento normal para tu profesión, pero puedes seguir realizándola. Supone el pago de una indemnización a tanto alzado, pero no una pensión mensual.

Incapacidad Permanente Total: Tu estado de salud te impide realizar tu profesión habitual (la que hacías hasta ahora), pero puedes dedicarte a otro tipo de trabajo distinto. Te corresponde una pensión vitalicia (generalmente del 55% de tu base reguladora).

Incapacidad Permanente Absoluta: Tus lesiones o secuelas te inhabilitan por completo para realizar cualquier profesión u oficio con un mínimo de eficacia y rentabilidad. La pensión asciende al 100% de la base reguladora.

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